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Actividades para el verano



Salta a la vista que el verano de 2020 no va a ser como los anteriores, bien por el miedo al contagio o por la recesión, así que habrá que evitar tanto lugares muy concurridos como demasiado caros. Me temo que no nos va a quedar más remedio que ingeniárnoslas para buscar planes alternativos.

 

Comencemos con un plan “intelectual”. Con esto del Brexit se están poniendo de moda los cursos on-line para desaprender inglés. No sé yo si esto será buen negocio, porque el nivel de inglés de los españoles ya lo conocemos, así que desaprenderlo debe ser tarea sencilla. Y no será porque no le dedicamos esfuerzo y dinero. Lo normal es que nos pasemos media vida en una academia tratando de aprenderlo sin éxito, y la verdad es que, si lo miras fríamente, con esto de los idiomas tenemos más paciencia que con cualquier otra cosa. ¿Os imagináis yendo toda la vida a una escuela de cocina? Pues no tiene mucho sentido repetir curso eternamente para volver a hacer la misma paella.  Que si no le has puesto bien el acento en el azafrán o que si conejo y langostinos no conjugan. Al final, te sale más barato ir de restaurante cada día que pagarte un curso tras otro. Por si fuera poco, tras las últimas noticias no será muy probable encontrarse británicos por nuestras playas, porque ha dicho su “premier” que hasta que España no sea un destino libre de virus, ellos no vienen a hacer “balconing”.


Mientras haya peligro de virus en España, nosotros no vamos a Benidorm a tirarnos de los balcones”


Y, ¿qué hay del turismo rural?

Una opción bien económica es la casa de los abuelos en el pueblo, que está muy de moda el alojamiento rural. Eso sí, hay que estar preparados para lo que es el campo, no me hagan como unos urbanitas que se fueron a vivir al pueblo y acabaron denunciando al vecino porque el gallo cantaba muy temprano y no les dejaba dormir. Pero si lograste acostumbrarte al macarra con la música a tope que paraba en el semáforo justo debajo de tu balcón volviendo de marcha, todo indica que podrás hacerlo también con los sonidos de la naturaleza.

 

- Oye cariño, que he pensado que este verano nos vamos de escapada rural a la casa de la abuela Angelita, que allí no nos infectamos y nos sale barato.

- ¿Estás segura? Si esa casa hace 3 años que no se abre, desde que se mudó a la residencia. Debe estar hecha un asco.

- Si, estoy convencida. Tampoco se habrá deteriorado tanto, que yo la recuerdo muy bien construida. Además, a los niños les hace mucha ilusión visitar la casa donde yo pasaba mis veranos.

- Pero vamos a ver, ¿que los niños están deseando ir a un sitio donde no tienen amigos, la población es octogenaria, no hay Mc Donalds y hay que subirse al campanario para tener cobertura? ¿Pero quién ha llegado a esa conclusión?, ¿el CIS de Tezanos?

 

Pero donde hay patrón no manda marinero y al pueblo que te vas. Con toda seguridad la casa estará un “poquito” deteriorada después de años de abandono. La naturaleza es implacable, así que los rosales de la tía Angelita, que fueron la envidia de todo el pueblo, ahora estarán asilvestrados y tapados por los hierbajos autóctonos. Lo mismo ocurrirá con la huerta, que donde hubo plantados tomates y calabacines parecerá que se sembraron cardos borriqueros. Y si había enredadera por la fachada, ya se habrá colado por todas sus grietas.

 

Las puertas y ventanas ya no encajarán bien, si es que alguna vez lo hicieron. Te dejas el hombro intentando abrirlas a empellones y siempre quedan rendijas por las que entra el fresquito de la noche, así que toca dormir con manta en pleno agosto. En esos días de tormenta en las que se va la luz y enciendes velas, esas corrientes son las que te hacen pensar que la casa está embrujada, si no estabas ya convencido por los crujidos del suelo.

 

-Mira cariño, ya no recordaba la chimenea. ¡Qué bien para una cenita romántica si tuviéramos leña!

 

Pero claro, a diferencia de las películas, donde la chimenea está encendida incluso antes de entrar por la puerta y siempre hay un montón de leña bien apilada en algún sitio, la abuela Angelita dejó de comprársela al paisano del pueblo y la que sobró del último invierno se la regaló a un vecino. Ante la perspectiva de lo que implica una cena romántica, este es ese momento en el que buscas un hacha, no para irte al monte que está muy lejos y muy empinado, sino para buscar en el corral algún mueble viejo que quemar. Eso sí, tienes que encontrarlos que no tengan ni pintura ni barniz, que puedes acabar tu cena romántica en la cama, pero en la de un hospital conectado a un respirador. Incluso si todo va como lo esperado, no sé yo si esas camas de las de antes, de cabecero metálico y somier de muelles, no serán más escandalosas que el gallo del que hablamos antes.

 

¿Y para los que buscan algo más elitista?

 

Dicen, que los ejecutivos estresados encuentran la paz volviendo a actividades de las de antes como esquilar ovejas o tejer prendas de lana. No sé si abrazar ovejas también estará incluido entre las actividades relajantes, pero les recomendaría tener cuidado no se llenen de garrapatas, que las ovejas son campo abonado.  Abrazar a un árbol también contribuye a la estabilidad mental, pero el otro día escuché a un ecologista desaconsejándolo, porque dice que al acercarnos compactamos el suelo y dañamos las raíces… ¡pues ya hay que estar gordo!, porque en la ciudad yo veo árboles bien hermosos aguantando el asfalto, las aceras, coches, camiones y peatones. Yo creo que por cada persona que quiere decir una bobada hay un par de periodistas deseosos de publicarla.

 

“Ovejita, ovejita, ven que te doy un abrazo que hoy he sufrido un desplome bursátil”

 

Y si todavía quieres algo más exclusivo

 

Si te ha parecido poco original lo anterior, el cantante Sting te ofrece un plan al alcance de muy pocos.  Se trata de ir a su finca de la Toscana, no a un retiro espiritual, sino a varear y recoger las aceitunas de sus olivos. Como lo oyes. ¿No te crees que alguien se lo pueda montar tan bien?, pues pincha aquí, ¡persona de poca fe! Me pregunto si yo podría encontrar alguien dispuesto a pagarme por pasarme el aspirador. Aunque bromas aparte, a veces yo encuentro cierta relajación en la poda de mis frutales. Si tú también quieres disfrutar de este placer, contacta conmigo que justo ahora estamos de promoción.

 

Y es que de lo de golpear algo es muy desestresante. Yo lo he visto toda la vida con mi vecina de enfrente y su cara de satisfacción cuando atizaba las alfombras con el sacudidor. Ahora es viuda, pero antes lo hacía con su marido. No, no seáis mal pensados, no es que lo maltratara, me refiero a que sacudían las alfombras entre ambos.

 

Lo mismo que atizar relaja, igual rompiendo objetos. Yo lo comprobé en primera persona la vez que fui al punto limpio con una tele, video y batidora estropeados. La tele la recogió el encargado, pero lo otro me dijo que lo lanzara en un contenedor. No podéis imaginar el desahogo que produce ver como tu video arranca la puerta de un microondas para acabar estrellándose contra una impresora. Debería ser deporte olímpico, reciclas y te desestresas, 2x1, como en el Carrefour. Si el encargado del punto limpio llega nervioso a casa, no tiene remedio.

 

Y si todo lo anterior no te convence, te dejo un plan más tradicional pero no menos interesante.

 

Y ¿tú?, ¿qué vas a hacer este verano? ¿tienes ya un plan original? Si te apetece compartirlo, cuéntanoslo en los comentarios


ZENDA: Historias de viajes

CARRETERA Y MANTA




Acabados los exámenes teníamos frente a nosotros un verano entero para disfrutar. Siempre había escuchado las anécdotas paternas de las acampadas con los amigos, y aunque seguramente lo exageraba todo, sonaban muy emocionantes. Además, el hecho de que la acampada libre llevara años prohibida en España lo hacía más excitante. Este verano de 2020, debido a la pandemia, en algunos emplazamientos permiten acampar en los alrededores de los albergues para compensar su reducción de plazas. Ni cortos ni perezosos, ya teníamos plan, acampada por los Picos de Europa.

 

Paco, cuya madre le había prestado su Clio, que para que os hagáis una idea de lo viejo que era, tenía matrícula de las de antes, pasó a recogernos a Javi y a mí. La idea era acercarnos hasta un pueblo, dejar el coche y hacer un circuito a pie regresando al punto de origen. A mitad del trayecto, cuando atizaba el calor, nos dimos cuenta de que pulsar el botón del aire acondicionado sólo activaba la lucecita – “es que mi madre es muy friolera, nunca lo usa y se habrá escapado el gas” se disculpó Paco. Fue entonces cuando Javier, un hipocondríaco, se dio cuenta de que llevaba un colirio de los de frigorífico y como no podía ir dentro del coche a esa temperatura, lo llevó de la mano por fuera del coche. Como se iba quedando traspuesto, en alguno de los baches del camino el botecito salió rodando barranco abajo. Durante nuestro recorrido, en cada pueblo parada obligatoria buscando la farmacia hasta que lo encontró, eso sí, a precio de turista. El coche de la madre de Paco, acostumbrado a trayectos cortos sin salir de la ciudad, fue como la seda durante los primeros kilómetros, los llanos, pero en cuanto vinieron las rampas, comenzó a calentarse hasta que reventó. Si bien el coche era precario, por suerte el seguro debía ser premium, porque la grúa tardó apenas 10 minutos.

 

El paisano del taller nos hizo un presupuesto. Nosotros le pusimos en contacto con la dueña del coche, que lo aceptó sin dudarlo. Aprovechamos para añadir la recarga de gas del aire acondicionado. El del taller, viendo que hacía el agosto un mes antes, volvió a llamar a la señora, argumentando que las ruedas las veía un tanto desgastadas: “pues cámbielas por favor, que la seguridad de los niños es lo principal” y a eso le añadió unos embellecedores por iniciativa propia, que no mejoraban nuestra seguridad, pero sí su factura.

 

Con unas horas de retraso, pero la moral intacta, llegamos a nuestro destino y preguntamos en el refugio dónde podíamos acampar:

- ¿Cómo que acampar? Eso lleva muchos años prohibido.

- Ya, pero este año la comunidad autónoma ha dicho que sí está permitido, por lo de la reducción de plazas en los albergues.

- ¡Eh! Pues a nosotros no nos ha llegado esa circular.

- ¿Pero entonces donde vamos a dormir? – dijimos los tres al unísono.

- Pues el refugio está lleno, pero lo que sí está permitido es vivaquear

 - ¿Y eso qué es?

 

Pues que duermes a pelo viendo las estrellas. Lo de vivaquear está muy bien si vas bien pertrechado y no como nosotros con el saco de dormir de oferta. Decidimos, que, ya que Paco puso el coche, lo dejaríamos dormir en medio y Javi y yo, como el ladrón bueno y el malo en el Gólgota. Descubrimos que no hay nada como el fresquito de la montaña para estrechar relaciones. ¡Madre mía el frío que pasamos! Si en aquel momento hubiera aparecido un lobo, en lugar de salir corriendo lo hubiéramos abrazado, ¡lo calentito que debe estar con ese pelaje!


Por la mañana, cargamos las mochilas a la espalda y comenzamos nuestro camino. En la siguiente escala tuvimos suerte y nos asignaron una zona para acampar. Como el presupuesto era mínimo, aprovechamos la tienda de campaña de mi padre comprada unos treinta años antes, de esas de barras de aluminio y tela que pesan como muertos. Además de transportar encima ese peso está el montaje, que no es como esas modernas que las lanzas al aire y se despliegan solas, hay que ir pieza a pieza. Fue en ese proceso cuando descubrimos que faltaba una barra. Un palo de madera unas tiritas y unos chicles bastaron para apañarlo.

 

En algunos enclaves pudimos montar nuestra tienda, en otros dormimos de nuevo al raso y en los menos incluso había sitio en el refugio. Descubrimos que es más útil una navaja suiza que una brújula que no sabes utilizar, sobre todo porque la primera tiene abrelatas y los callos no son de abrefácil. Atravesamos campos “minados” de boñigas de vaca e incluso dormimos sobre alguna y descubrimos que, por mucho que la escondas, las hormigas siempre encuentran la leche condensada. Coincidimos con buenos samaritanos que nos brindaron su ayuda y comprobamos que un arroyo de agua helada también sirve para oler a limpio. Doce días después de comenzar nuestra andadura, regresamos a nuestro punto de partida.



Encontramos nuestro Clio rodeado de cagarrutas de oveja y sin uno de los embellecedores, pero al menos no estaba sobre cuatro ladrillos, que las ruedas nuevas lucían muy tentadoras. Volvimos a casa agotados y hambrientos pero felices, con la sensación de que aquél sencillo viaje por las montañas nos había ayudado a madurar un poco. Ah, y también aprendimos, que comida como la de una madre… ¡no hay más que una!


Aquellos mis maravillosos años: Nos vamos de campamento




Desde que tuve la edad mínima, mis padres me enviaban de campamento. Así, mientras ellos disfrutaban de 15 días de tranquilidad yo me asilvestraba en el campo. Aquellos sí que eran experiencias de verdad y no “las colonias” a las que van los niños de ahora con sus cabañas prefabricadas de madera y todas las comodidades a las que están acostumbrados.

 

Mis primeros campamentos fueron en Somo-Loredo. El alojamiento consistía en auténticas tiendas de campaña para 4 o 6 ocupantes, con unos pallets de madera como suelo y colchonetas de goma espuma para dormir. Nada más llegar nos enseñaban las instalaciones y nos presentaban a nuestros monitores, que nos daban las normas, horarios y asignaban ubicación. Recuerdo que nos explicaron que no era conveniente correr entre las tiendas porque podíamos tropezar con “los vientos” (las cuerdas que la tensan) y clavarnos las estacas que los sujetaban, que del óxido que tenían, parecían llevar allí desde la guerra. Pues bien, uno de los chicos se olvidó de estas recomendaciones y ocurrió lo que nos advirtieron. Se lo llevaron al hospital más cercano y al volver con la mano vendada, todos le preguntamos qué le habían hecho.

-Pues nada, me desinfectaron y cosieron la herida, me la vendaron y me pusieron la antitetánica.

Para mí, que detesto a los médicos en general y me dan pánico las agujas, escuchar la palabra “antitetánica” y “cosido” fue un verdadero shock. Desde entonces cruzaba entre las tiendas con más delicadeza que las bailarinas del “Lago de los cisnes” el día de un estreno.


De hecho, había que cruzar muchas veces entre las tiendas para ir a la parte de atrás a “cambiar el agua al canario”, porque los servicios, seguramente también de la guerra, no parecían muy higiénicos. Como ya hemos comentado, tiendo al estreñimiento y soy escrupuloso, así que en cuanto vi aquellas letrinas hice mi cálculo mental…” si estamos a lunes, vengo evacuado de casa y voy a estar aquí 15 días…para no reventar me basta con ir los miércoles y sábados”. Creo que estas planificaciones de niño me han sido de gran utilidad para organizarme más adelante en el trabajo. Y por supuesto, cada vez que llamaba por teléfono a casa, le contaba a mi madre “el parte” de mis devenires intestinales. Por si acaso, también busqué un plan B, una zona de helechos al inicio del bosque. Gracias a Dios no hizo falta, porque creo que los helechos tienen filamentos urticantes. Grandes recuerdos tengo de aquellos veranos, y de cuando comencé a enamorarme de las olas del Cantábrico, aunque los monitores sólo nos dejaban meternos en el mar tras una corchera, que sujetaban ellos mismos y que sólo te permitía llegar hasta poco más del ombligo. Hombre, es comprensible, no hubieran quedado muy bien teniéndole que decir a unos progenitores que a su niño se lo llevó la marea y que lo busquen al otro lado de la bahía.


Y cuando crecí un poco…

Al padre de un amigo lo destinaron a Guadalajara. Un verano, nos dijo que por qué no nos apuntábamos con él a un campamento en la Alcarria, y ni cortos ni perezosos, allí nos presentamos Luisma y yo una semana antes de que comenzara. Como el padre de este amigo trabajaba en una fábrica de flanes y helados, nos organizó una visita. Nos enseñaron las líneas de fabricación, y al acabar, lo mejor de todo, una degustación. Aquello, para unos chavales como nosotros era el paraíso. Nos sacaron todo el muestrario y nos despachamos a gusto. En un momento Luisma preguntó: “¿en qué se diferencia el flan de huevo del de vainilla?”. De vuelta a casa le preguntamos si no sabía distinguirlos y nos respondió:

-Es que si preguntaba eso me iban a decir que probara ambos, como así fue.

Vale, el resto también comimos de todos y sin preguntar nada. Y es que Luisma era así, se pensaba más listo que el resto de la humanidad.

 

Del campamento en sí, recuerdo que la desproporción entre chicos y chicas era exagerada, 60 ellas y 12 nosotros más o menos. Una pena que por entonces no me interesara ligar, pero dada mi efectividad, ni siquiera en esas condiciones estaba garantizado el éxito. En los 15 días no fregué ni uno solo, eso sí, los chicos íbamos por leña para el fuego de campamento, pero la relación era favorable, fregar se hacía 3 veces al día lo de 70 acampados, mientras que había una única fogata cada noche. Hoy en día, fijo que me tocaba fregar lo mío y lo de 5 chicas más, ir a por leña, montar las tiendas, lavar bragas y hacer guardia por si vienen los lobos. Pero eso es lo que tiene el feminismo de ahora, los hombres hacemos cosas que antes sólo hacían las mujeres, más las que siempre hemos hecho nosotros. Pero no es momento ahora de meterse en temas espinosos.

 

Mi última experiencia con los campamentos, al final de la adolescencia, ya fue como monitor. Comentamos en capítulos anteriores, que por circunstancias del destino acabé en unos grupos cristianos. Una tarde, el cura que nos guiaba, nos dijo que además del debate teórico de cada semana, había que pasar a la práctica. Yo, que por aquél entonces siempre me ponía en lo peor, me vi a mí mismo en taparrabos en medio de la selva africana evangelizando a los caníbales. Evidentemente la cosa no llegó a tanto, tan sólo nos pidió que diéramos catequesis en una parroquia cercana, a lo que nos prestamos sin rechistar.



En nuestro primer día de catequesis, nos dimos cuenta de lo justo que es el karma y nos encontramos con que, de un colegio femenino, también asistían catequistas. Podéis pensar que se trataba de beatas y modositas, pero si se dice que la fe mueve montañas os puedo asegurar que las hormonas adolescentes mueven galaxias enteras. Al final del curso, la parroquia organizaba un campamento con los chavales y los catequistas éramos los monitores, salvo algún puesto más profesional como el de cocinero y médico. Aunque todo sea dicho, el médico no era más que un estudiante de 3º que no sabía ni poner una tirita. Y esto no es una exageración mía, yo mismo vi cómo se le quedaba pegada en sus dedos intentando ponérsela a un niño.

 

Lo bueno de aquello es que una novieta que me eché entre las catequistas del otro colegio también vino como monitora. Como no resultaba nada complicado cambiarse de tienda de campaña en medio de la noche, allí mismo, en un campamento cristiano, con la intimidad de tener a 4 o 5 durmiendo al lado y la tensión de que el cura nos pillara…fue cuando toqué mi primera teta. No entiendo muy bien por qué no toqué la segunda, pero me temo que lo de poner la otra, es sólo para la mejilla y no para la tetilla.

 

El resto de los días que estuvimos acampados en aquel pinar también fueron estupendos. Yo me encargué de preparar un rastreo magnífico atravesando colinas riscos y charcas donde los chavales se divirtieron como nunca. Por las noches, alrededor de la fogata, desentonábamos canciones y contábamos chistes y cuando los niños se acostaban, los monitores sacábamos alguna botellita de algo alcohólico y nos acostábamos la mar de contentos.

                                                                                 

Unos de los domingos, el día de los padres, se les invitaba a venir a pasar el día con sus hijos. Como campamento organizado por una parroquia, no podía faltar su correspondiente misa dominical. En medio de la homilía, Justi, el cura, proclamó:

-Porque fuimos al ayuntamiento…socialista y no nos dieron nada.

-Fuimos a la Diputación…socialista y nos negaron una ayuda.

-Fuimos a la Junta…socialista y nos dieron con la puerta en las narices.

 

A estas alturas de la homilía algunos padres…socialistas, ya se habían hartado y se habían marchado unos pinos más lejos. Al final, fue el obispado… no socialista, quién nos concedió una pequeña subvención. Estar allí, viendo la cara de algunos padres es como el anuncio de MasterCard, que no tiene precio. Pero chico, eso te pasa por llevar al niño a un campamento cristiano, y no a uno del ayuntamiento…socialista.

CONTINUARÁ…


Verano 2016







Vacaciones. Todo un año currando como un campeón y por fin había llegado el día de olvidarse de todo y relajarse. Este año no tenía compañía, pero aun así, reservé unos días en la playita para ver el mar y
coger un poco de moreno. Así que ahí va, el diario de un soltero en vacaciones.

DÍA 1: LA PROSPECCIÓN


Todo  buen cazador sabe que el mejor momento para cobrar una pieza es sorprenderla  cerca de los abrevaderos, donde tiene que ir tarde o temprano. Por este motivo, en el comedor, yo me coloqué en un lugar estratégico cerca del mostrador de las ensaladas, donde irían las mujeres jóvenes y hermosas que cuidan su figura, pensé yo.

¡Pues no hubo suerte!, las horas de comida del hotel resultaron un caos de niños, padres y madres, abuelos y familias en general. Entre aquella muchedumbre era imposible distinguir, las madres jóvenes con 3 churumbeles y marido esperando en la mesa, hijas de buen ver acompañando a sus padres ancianos, grupos de amigas solteras y disponibles, novias de chicos celosos, divorciadas de vuelta al mercado… y es que, la hembra ibérica se mimetiza entre la manada con maestría inigualable (volver a leer este última frase con la voz de nuestro querido Félix Rodríguez de la Fuente)



DÍA 2: YA TRIUNFANDO


Uno de los mayores inconvenientes de estar solo en la playa, es que no tienes a nadie que te de crema solar en la espalda. No es falsa modestia, pero yo todavía me conservo joven y flexible, con lo que me apaño más o menos bien para rebozarme  todo el cuerpo.

Así que estaba yo frente al mar, haciendo contorsiones para llegar a todos los rincones de mi espalda, cuando escucho una voz que se ofrece a ayudarme. ¡Qué éxito!, ¡mi primera mañana en la playa y ya triunfando! pensareis, pero no, no se pudo cantar victoria, la persona que amablemente se ofreció… ¡ERA UN TÍO!, así que rechacé su ofrecimiento y me puse los cascos rápidamente no fuera que quisiera conversación. Eso sí, al menos era el más guapo de los 3 con aspecto afeminado que estaban tumbados por allí.



DÍA 3: ME CONOCE MEDIO HOTEL


Como suele ser costumbre en muchos hoteles, por la noche hacen algún tipo de espectáculo. Aquella noche había un monologuista y decidí a ver si me reía un poquito. El tipo era un humorista argentino. Bajito, rechonchete y con pelos de tarado que sobresalían del bombín que tenía puesto. A pesar de su aspecto cómico, sus gracias apenas conseguían arrancar unas leves risas. Meterse con el público es un recurso muy socorrido. Los humanos somos así de desgraciados, nos hace más gracia la burla de alguien cercano que los mismos chistes del amigo de Montevideo, porque imagino que para un argentino, los chistes de uruguayos serán como aquí los de Lepe.

Como soy tímido y vergonzoso, me había sentado en una mesa del fondo, pero a pesar de ello, me convertí en  víctima de “jodío” humorista que hacía chistes malos en español y que perdían su poca gracia cuando los traducía con su inglés chabacano.

-Y vos ¿Cómo os “llamás”?, what is your naaameeee?

-Pedro- respondí, no tuve tiempo ni de pensar en un nombre falso.

 ¿Qué “hacés” aquí solo? ¿Os acercásteis a vuestra compañera y os dijo que tenía jaqueca? Headache, headache, out, out.- fue su traducción acompañada de gestos tontos.

El público se rió un poco, más que por el chiste malo por la cara de circunstancias que puse yo.

-O quizás … ¿al que le dolía la cabeza era …al compañero? Que vos “tenés” cara de…

-No, no, no. Ni hablar. Que a mí me gustan las mujeres más que a un tonto un caramelo, pero es que he venido solo de vacaciones.

-Que “habés” venido sólo de vacaciones, pero a qué más “querés” venir, ¿a ligar? ¿a un hotel familiar? “Sos” un pelotudo.

Esta vez hubo alguna risa más, pero solo entre los nacionales porque eso ni se molestó en traducirlo

-Vale, ya entiendo, “querés” decir que vos viniste sin compañía. Si es que además de un hombre atractivo, debajo de este sombrero hay mucha materia gris- dijo mientras levantaba su sombrero dejando al aire sus cuatro pelos alborotados.

-Pues esto es algo que no entiendo, un hombre bien parecido como vos- comentó mientras tiraba de mi brazo para que me pusiera de pie.-“Podés” aprovechar estos momentos para promocionaros a ver si entre nuestro público aparece alguna candidata-

-No, no, no me hace falta- respondí intentando mostrar que no me estaba tocando las pelotas aquél argentino, que como sería el peor de su clase con el balón y tampoco pudo convertirse en psicoanalista, se había quedado en humorista sin gracia.

-Si además de buen parecido, parece que vos “manejás”. “Tenés” un cocodrilo en lugar de pezón- risas -Y parece que “sos” un tipo aseado, no os canta el alerón- dijo mientras me levantaba el brazo y hacía el gesto de oler mi sobaco. -“Contame, contame”, ¿por qué venís solo?-. Y me puso el micro en la cara.

Como ya estaba hasta los mismísimos de aquella humillación, e imaginación no me falta, le di lo que buscaba… una buena respuesta.

-Venga te cuento la verdad. Mi mujer y yo nos conocimos en esta playa- dije mientras señalaba al mar.-Ahora he venido, he venido… a esparcir sus cenizas.



El silencio que se hizo en el auditorio fue intenso. Creo incluso que alguno de los bebés dejó de llorar. El argentino se empequeñeció  un poco más, su cara sonrojada casi se oculta dentro  del bombín. Sin saber qué decir y con movimiento lento se dirigió hacia el escenario, balbuceando algunas palabras inconexas para intentar reconducir su actuación. Pasados unos segundos y cuando ya no podía contenerme, grité:

-Qué te la he colado, es una broma ¡pringao!

Y entonces se pudieron escuchar las mayores carcajadas de toda la noche.



DÍA 4: ¿MI FAMA ME PRECEDE?


Uno de mis mejores amigos, que vive a mitad de camino de la playa y mi casa, me invitó a pasar a verle para no conducir todo el camino de un tirón. Como soy así de cumplidito, y no me gusta presentarme en casa ajena con las manos vacías, busqué algo que llevar para su niña de 5 años. La tienda del hotel no daba para mucho, así que opté por comprar una camiseta veraniega. Reconozco que no soy un entendido en tallas de niños y cuando vi que en las etiquetas ponía 6/12, tuve mis dudas. A mi lado había una señora con un niño de más o menos la misma edad que la niña de mi amigo, así que le pregunté cómo iban. Ella me miró, y con un acento andaluz, me respondió más seca que la mojama, también muy andaluza: “creo que son los meses, pero pregunta a la dependienta que es muy simpática y te atenderá muy bien” ¡Madre mía!, para que luego digan que los castellanos somos secos, aunque luego pensé que quizás me conociera de la noche anterior y pensara que quería ligar con ella, pero nada más lejos de la realidad, simplemente pensé que teniendo un niño, lo sabría.



DÍA N, N+1 …: SIN PENA NI GLORIA


Y así es como transcurrieron el resto de los días, sin pena ni gloria. Mucho sol, largos paseos por la orilla, mucha lectura y mucho, pero que mucho viento, que este verano se deben haber dejado la puerta abierta en el estrecho. Por suerte, ningún niño tonto de esos que buscan pokemons  me pasó por encima mientras estaba tumbado, y las fotos, pues son un poco sosas, o paisajes o “selfies”, que al gay  de la crema no se las iba a pedir.

Ya sé que es un poco triste marcharse solo de vacaciones, pero aún más triste es, depender de una mujer para tenerlas.
 
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