ZENDA: Historias de viajes

CARRETERA Y MANTA




Acabados los exámenes teníamos frente a nosotros un verano entero para disfrutar. Siempre había escuchado las anécdotas paternas de las acampadas con los amigos, y aunque seguramente lo exageraba todo, sonaban muy emocionantes. 

Además, el hecho de que la acampada libre llevara años prohibida en España lo hacía más excitante. 

 Este verano de 2020, debido a la pandemia, en algunos emplazamientos permiten acampar en los alrededores de los albergues para compensar su reducción de plazas. Ni cortos ni perezosos, ya teníamos plan, acampada por los Picos de Europa.

De aventuras por la montaña...¿qué más se puede pedir?

Paco, cuya madre le había prestado su Clio, que para que os hagáis una idea de lo viejo que era, tenía matrícula de las de antes, pasó a recogernos a Javi y a mí. 

La idea era acercarnos hasta un pueblo, dejar el coche y hacer un circuito a pie regresando al punto de origen. 

A mitad del trayecto, cuando atizaba el calor, nos dimos cuenta de que pulsar el botón del aire acondicionado sólo activaba la lucecita – “es que mi madre es muy friolera, nunca lo usa y se habrá escapado el gas” se disculpó Paco. 

Fue entonces cuando Javier, un hipocondríaco, se dio cuenta de que llevaba un colirio de los de frigorífico y como no podía ir dentro del coche a esa temperatura, lo llevó de la mano por fuera del coche. 

Como se iba quedando traspuesto, en alguno de los baches del camino el botecito salió rodando barranco abajo. Durante nuestro recorrido, en cada pueblo parada obligatoria buscando la farmacia hasta que lo encontró, eso sí, a precio de turista. 

El coche de la madre de Paco, acostumbrado a trayectos cortos sin salir de la ciudad, fue como la seda durante los primeros kilómetros, los llanos, pero en cuanto vinieron las rampas comenzó a calentarse hasta que reventó. Si bien el coche era precario, por suerte el seguro debía ser premium, porque la grúa tardó apenas 10 minutos.

El coche tan precario que cascó al poco de comenzar el viaje

El paisano del taller nos hizo un presupuesto. Nosotros le pusimos en contacto con la dueña del coche, que lo aceptó sin dudarlo. Aprovechamos para añadir la recarga de gas del aire acondicionado. 

El del taller, viendo que hacía el agosto un mes antes, volvió a llamar a la señora, argumentando que las ruedas las veía un tanto desgastadas: “pues cámbielas por favor, que la seguridad de los niños es lo principal” y a eso le añadió unos embellecedores por iniciativa propia, que no mejoraban nuestra seguridad, pero sí su factura.

 Con unas horas de retraso, pero la moral intacta, llegamos a nuestro destino y preguntamos en el refugio dónde podíamos acampar:

- ¿Cómo que acampar? Eso lleva muchos años prohibido.

- Ya, pero este año la comunidad autónoma ha dicho que sí está permitido, por lo de la reducción de plazas en los albergues.

- ¡Eh! Pues a nosotros no nos ha llegado esa circular.

- ¿Pero entonces donde vamos a dormir? – dijimos los tres al unísono.

- Pues el refugio está lleno, pero lo que sí está permitido es vivaquear

 - ¿Y eso qué es?

 

¿Vivaquear?...eso no me suena a nada confortable

Pues que duermes a pelo viendo las estrellas. Lo de vivaquear está muy bien si vas bien pertrechado y no como nosotros con el saco de dormir de oferta. Decidimos, que, ya que Paco puso el coche, lo dejaríamos dormir en medio y Javi y yo, como el ladrón bueno y el malo en el Gólgota. 

Descubrimos que no hay nada como el fresquito de la montaña para estrechar relaciones. ¡Madre mía el frío que pasamos! Si en aquel momento hubiera aparecido un lobo, en lugar de salir corriendo lo hubiéramos abrazado, ¡lo calentito que debe estar con ese pelaje!

Por la mañana, cargamos las mochilas a la espalda y comenzamos nuestro camino. En la siguiente escala tuvimos suerte y nos asignaron una zona para acampar. Como el presupuesto era mínimo, aprovechamos la tienda de campaña de mi padre comprada unos treinta años antes, de esas de barras de aluminio y tela que pesan como muertos. 

Además de transportar encima ese peso está el montaje, que no es como esas modernas que las lanzas al aire y se despliegan solas, hay que ir pieza a pieza. Fue en ese proceso cuando descubrimos que faltaba una barra. Un palo de madera unas tiritas y unos chicles bastaron para apañarlo.

En algunos enclaves pudimos montar nuestra tienda, en otros dormimos de nuevo al raso y en los menos incluso había sitio en el refugio. Descubrimos que es más útil una navaja suiza que una brújula que no sabes utilizar, sobre todo porque la primera tiene abrelatas y los callos no son de abrefácil. 

Qué útil es una brújula cuando vas de viaje...¡sobre todo cuando la sabes utilizar!

Atravesamos campos “minados” de boñigas de vaca e incluso dormimos sobre alguna y descubrimos que, por mucho que la escondas, las hormigas siempre encuentran la leche condensada. Coincidimos con buenos samaritanos que nos brindaron su ayuda y comprobamos que un arroyo de agua helada también sirve para oler a limpio. Doce días después de comenzar nuestra andadura, regresamos a nuestro punto de partida.

Encontramos nuestro Clio rodeado de cagarrutas de oveja y sin uno de los embellecedores, pero al menos no estaba sobre cuatro ladrillos, que las ruedas nuevas lucían muy tentadoras. 

Volvimos a casa agotados y hambrientos pero felices, con la sensación de que aquél sencillo viaje por las montañas nos había ayudado a madurar un poco. Ah, y también aprendimos, que comida como la de una madre… ¡no hay más que una!


Llegando a la edad adulta

De cuando me hice un hombre




Dejando atrás los campamentos de verano, ¿Y cuando ocurre eso de hacerse un hombre? ¿Cuándo te sale pelusilla en el bigote? ¿Cuándo te echas novia? ¿Cuándo te la trincas? ...pues no, ocurre, mejor dicho, ocurría, cuando te llaman a filas.

Nunca me toca nada...salvo el sorteo de la mili

La verdad es que yo tuve un poco de mala suerte con esto de la mili. Como estaba en la universidad, pedí alguna prórroga para que, servir a la patria, no me cortara los estudios por la mitad. Si no lo hubiera hecho, en el sorteo por año de nacimiento me hubiera librado por excedente de cupo. 

Pero eso ocurría antes, cuando los españoles estábamos con lo del creced y multiplicaos (y que no existía Netflix). Cuando por fin entré en el bombo, tampoco fue para sentirse agraviado, porque había cuatro posibilidades; o que te mandaran a Ceuta, Melilla o las Canarias, donde se ve que no había tanto recluta como puesto vacante, o que te quedaras en tu ciudad, porque en Castilla se daba que también había mucho puesto que cubrir.

Esta vez no me quejo de mi suerte porque me tocó quedarme en mi ciudad, con lo que, salvo días contados, dormía en casa cada noche. Era como lo inverso de un recluso en tercer grado, salir todo el día y dormir en la cárcel, pues yo al revés, todo el día en el cuartel y a mi camita a dormir. 

Como curiosidad, comentar que mi reemplazo fue el penúltimo antes de que la mili pasara a ser profesional y por tanto voluntaria. Están, los últimos de Filipinas y nosotros, los penúltimos reclutas forzosos.

Pues pasaron los meses de verano y llegó el día, remplazo de noviembre del 95, y allí me presenté yo, cargado de tópicos de la mili de mi padre y la de los padres y hermanos mayores de mis amigos.

 

 Al cuartel,... y yo con estos pelos

Siempre he tenido el pelo tirando a largo, porque si lo llevo muy corto se me pone de punta enseguida, así que mi flequillo no suele bajar de los 5 cm. Pero aquello era el ejército y había que tenerlo rapado. 

Me dijeron, que mejor llevarlo ya cortado de casa porque el peluquero del cuartel te podía hacer un buen estropicio, así que me fui a mi peluquería de toda la vida y salí de allí con un aspecto con el que ni me reconocía. 

Al final, el peluquero del cuartel, el apodado sargento Peluquín, era todo un profesional, ¡solo tenía que dominar un estilo! Para mi frustración, dejaba a todos los reclutas con un pelo más largo del que llevaba yo. Un tipo curioso, de los que mientras te cortaba el pelo te contaba sus batallitas de sargento chusquero en tiempos de paz. 

Tenía su peluquería decorada con fotos de Rambo y de Tom Cruise en Top Gun, que daban un toque muy militar, pero no me imagino yo que entrara alguien ahí pidiendo un corte a lo Stallone.

Mi sargento, unas mechas californianas, que de civil soy surfero

Mientras esquilaban a unos, al resto nos enviaron al almacén a por la vestimenta. Según entrabamos, un recluta del remplazo anterior nos daba el equipo. A mí me dijo que mi talla era la 4 y que me mirara en un espejo. ¡Pero qué pasa pensé yo!, que si el verde caqui no me favorece ¿puedo pedir otros tonos que vayan más con el color de mis ojos? 

Como tipo disciplinado me lo probé y siendo la talla correcta, me marché de allí pertrechado con 2 uniformes, un mono de trabajo, las botas, y un chándal como el que usa Fermín Trujillo en “La que se avecina”. 

Una pena que unos temporeros guineanos me lo robaran todo de la casa del pueblo, porque ese uniforme me venía muy bien para mis tareas de jardinería. 

¿Qué por qué supe que fueron temporeros guineanos? pues porque lo robaron a finales de septiembre, época de vendimia. Aunque la pista definitiva fue que al vecino le dejaron una factura de 80.000 ptas. en llamadas a Guinea Ecuatorial. ¡Elemental, querido Watson! Ya sabéis que desde niño he tenido aficiones detectivescas.

 

Del reconocimiento médico recuerdo que me acribillaron ambos brazos a vacunas y que el coronel médico y sus ayudantes nos agarraban de nuestras partes y nos hacían toser. Por suerte, cuando llegó mi turno, como uno de los ayudantes era un antiguo compañero de colegio del amigo con el que coincidí allí, le preguntó:

-Oye, tu no tendrás hernias ahí ¿no?

-Pues no, que yo sepa.

-Estupendo, pues tira, que entre antiguos compañeros no nos vamos a tocar los huevos.

Y como yo iba con él y lo había escuchado todo, parece que eso fue suficiente para que mis testículos estuvieran inmaculados y no fuera necesario toquetearlos tampoco.

Zafarrancho...digo rancho

A la hora del rancho entramos en un comedor inmenso, cogimos unas bandejas metálicas conformadas y pasamos delante de un mostrador donde nos iban rellenando cada uno de los huecos. 

Cuando llegó mi turno, me debieron ver demasiado flaco, porque en lugar de uno, me pusieron dos filetes, que además de estar duros como la suela de un zapato, estaban muy crudos. 

Un recluta muy gracioso de Santander llegó a decir que la carne estaba tan poco hecha que se le había comido la lechuga. 

Como comenté antes, yo llegué lleno de tópicos. Mi padre me contó que, en su mili, a uno lo arrestaron porque cuando estaba pelando patatas, no apuraba lo suficiente la monda. 

Yo pensé que, si por desperdiciar un poco de patata te enchironaban, por tirar un filete entero, consejo de guerra y pelotón de fusilamiento. Así que me pasé media comida intentando colar ese segundo trozo de carne a todo el que se sentaba en mí misma mesa: “¿Quieres otro filete, que está muy bueno?”, les decía a los que todavía no lo habían probado. 

Para mi desgracia no engañé a nadie.

Te hago la guardia del sábado si te comes este filete

Según íbamos acabando de comer, cada uno recogía su bandeja y tiraba los restos en un cubo cerca de la puerta donde estaba apostado el capitán. “¡Vaya, está vigilando que no tiremos comida!” me dije. 

Hubo un momento en que el capitán se separó de la puerta y vi mi oportunidad, pero fue una falsa alarma y volvió. Como ya era de los últimos que quedaba en el comedor y a pesar de intentarlo, no veía manera de acabármelo todo, decidí que quizás poniendo por encima las cáscaras de la naranja pudiera disimular todo lo que desperdiciaba. 

Me levanté de la mesa y fui caminando hacia la puerta con esa sensación de que todos los ojos estaban puestos en mí. Cuando llegué al cubo e hice ademán de volcar las sobras, vi con sorpresa, que estaba lleno de filetes, pan, ensalada…Definitivamente, esa ya no era la mili que me describió mi padre.

La carne estaba tan poco hecha…que se comió la lechuga

Los días transcurrían entre clases teóricas y mucho desfile, para estar coordinados el día de la jura de bandera, que era el principal propósito del primer mes. 

Por medio del patio del cuartel, paseo para arriba, paseo para abajo siguiendo el paso al unísono. La verdad es que en cuanto algunos se enteraron de cuál era la pierna izquierda y cuál la derecha, todo marchó, nunca mejor dicho, razonablemente bien.

Una curiosidad fue que un día de principios de diciembre, nos leyeron, como cada mañana, el parte del día, que además de la conmemoración de las batallas coincidentes, contenía las órdenes de la Capitanía General, sita en La Coruña. 

Desde allí habían decidido, que ya no se podía ir remangado y que, como la uniformidad es vital en el ejército, daba igual si tenías calor o no, que ningún recluta podía deambular con las mangas recogidas.

También desde La Coruña nos definían el menú de cada semana. Se ve que les preocupaba la nutrición equilibrada de la tropa, aunque siempre se ha dicho, que en España se gasta más dinero en alimentar a los reclusos que a los soldados. ¡Y yo juraría que es cierto!

Nada de remangarse que hace frio…dicen desde el cuartel general a 600 kms.

Aparte de desfilar, nuestro instructor, el alférez Simancas, un retaco muy cachas y forofo de Van Damme, que llevaba un machete más largo que su pierna, nos enseñó a evacuar a los compañeros heridos en combate. 

Decía que, con buena técnica, era posible levantar a un hombre más pesado que uno mismo, y para demostrarlo, él que era uno de esos tipos que tardas menos en saltarlo que en rodearlo, pidió un voluntario de 100 kg. 

Como no lo había, se tuvo que conformar con uno de sólo 95. Le costó, pero el alférez Simancas no era de esos que se amilanaran fácilmente. Fue todo un poema ver su cara toda roja por el esfuerzo, y la de miedo del recluta sobre su espalda, que se veía de bruces contra el suelo. 

Después de su demostración nos pidió que nos pusiéramos por parejas equilibradas y practicáramos, para lo cual rápidamente yo escogí a uno un poco más bajo, pero mucho más enclenque, le pregunté su peso y aunque menor que el mío le respondí que justo pesábamos igual. Y así practiqué el levantamiento de recluta sin desgraciarme la espalda.

 

Levantamiento de recluta, nuevo deporte olímpico

De las clases teóricas recuerdo las que nos dio el médico, que no era mas que un recién titulado que también cumplía con la patria en lo que se llamaba Imec. Nos explicó unas maniobras básicas de reanimación y nos dio un consejo por si nos hacían daño las botas, que las untáramos bien de betún para que ablandaran, y que nos cortáramos las uñas de los pies, que a él le habían llegado reclutas al dispensario que le rayaban el suelo. 

Pero quizás la clase más interesante fue la de tiro y manejo del Cetme, el cual aprendimos a desmontar y montar, no con los ojos cerrados, que eso era el ejército español de remplazo y no las fuerzas de élite de las pelis, donde lo hacen con ojos vendados y si se tercia, un brazo atado a la espalda.

Un día, el sargento nos explicó cómo se hace un buen disparo. La teoría es apuntar, contener la respiración durante 3 segundos y entonces apretar el gatillo. Para estar seguro de que lo hubiéramos comprendido, preguntó si alguien se lo podía repetir. 

Un tal Miñambres, un chaval pequeñito, pero resuelto, levantó la mano y respondió: “se apunta al objetivo, se realiza una apnea de 3 segundos y acto seguido se ejecuta el disparo”. De los presentes, seguramente más del 80%, incluido el sargento, no sabían lo que era una apnea, así que, con algo de duda, el instructor volvió a repetirlo con sus mismas palabras, por si acaso.

Apnea de 3 segundos y disparas ¡eh!

Y ya que menciono a Miñambres, si tienes un aspecto físico poco machote, te conviertes en el empollón de la clase y vas diciendo que eres del Opus, pues es muy probable que acabes siendo el blanco de algunas bromas. 

Recuerdo que, tras la jura de bandera uno le ofreció una copia en una cinta de video, tecnología punta de la época. La gracia fue, que de la jura eran solo los primeros 5 minutos para luego pasar a una peli porno. 

La de risas que nos echamos imaginando a sus 6 o 7 hermanos, sus padres y la abuela, congregados frente al televisor para disfrutar de la jura de bandera del niño y ver a los 5 minutos algo tan firme y erguido como el mástil del cuartel.

Y ya que lo menciono, durante la Jura, música marcial, muchos padres emocionados y como fue en invierno, nos libramos de las lipotimias.

 

CONTINUARÁ. Con este mismo tema, que la mili da para mucho.

 
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