La princesita Esther

Una repostera "real"




Érase una vez una princesita llamada Esther, que vivía con toda su corte en el reino más lejano de todos los conocidos, el reino Magdaleno, a orillas del Mississippi.


La princesita tenía gran pasión por la repostería, afición que le vino de cuando siendo adolescente tonteaba con un apuesto príncipe, hijo del monarca del reino colindante de Bekelar. Desde hacía varios años, la princesita, de corazón generoso, invitaba a todos sus súbditos a degustar las magdalenas que ella misma horneaba en las cocinas de palacio.

Venid plebeyos a probar mis magdalenas


Nuestra hermosa princesita, que se tenía por una experta repostera, desconocía que a nadie en toda la corte le gustaban sus magdalenas, que eran pésimas de sabor y duras como pedruscos de rio. 
 
Incluso un año, adornó las magdalenas con frutas del bosque que ella misma había recogido, y provocó la mayor de las diarreas que se recuerdan en el reino. 
 
Sus padres, orgullosos de su niña pero conocedores de su poca maña, siempre se excusaban con que a sus años no podían comerlas porque les subía el colesterol. Otros nobles, partían a guerrear las vísperas del cumpleaños de la princesa y el resto, temerosos de su ira, no tenían más remedio que acudir a la merienda.


-Pregoneros, id y anunciad por todos los confines del reino, que el próximo miércoles a mediodía, con motivo de mi vigésimo aniversario, todos mis súbditos, sean nobles o plebeyos, libres o esclavos, hombres o niños, están invitados a celebrar mi inmensa felicidad con la degustación de unas riquísimas magdalenas que yo misma prepararé. Las habrá con virutas de chocolate, rellenas de confitura, con arándanos, bayas y gominolas, de almendra, nueces y avellanas, grandes y enormes… todas ellas exquisitas.

Se hace saber...que nadie se libra de comer las magdalenas de la princesa


Y llegó el día. La princesita se levantó muy temprano y comenzó a preparar sus magdalenas. Hicieron falta 3 carromatos rebosantes de canastos para transportarlas todas ellas a las faldas del castillo, donde esperaban los habitantes del reino formando una fila infinita, y empujándose unos a otros para estar lo más atrás posible de la cola, con la peregrina esperanza, de que cuando llegara su turno, ya se habrían acabado.


Temerosos de la ira de la princesita, todos ellos cogían sus magdalenas y haciendo de tripas corazón las elogiaban con entusiasmo mientras intentaban tirarlas donde no les vieran. 
 
En mitad del reparto, apareció por allí un apuesto caballero, melena al viento, ojos azules, espaldas fornidas. Cabalgaba a lomos de un corcel blanco, a juego con su sonrisa profiden y con trencitas en sus crines. 
 
Ella, nada más verlo quedó cautivada por su belleza y virilidad y con voz temblorosa farfulló.

-Caballero de la larga melena, ¿qué os trae por estas tierras?

-Vengo a renovar el tratado de paz que mi reino y el de vuestro padre mantienen desde tiempos pasados.

-Sabéis noble caballero, hoy es mi vigésimo aniversario. Tomad unas sabrosas magdalenas que yo misma he preparado con esmero y devoción – contestó mientras le ofrecía un canasto lleno.

-Gracias bella damisela, pero debo declinar vuestra invitación.

-Pero… mis magdalenas son ricas y sabrosas, ved la cola que forma la plebe para deleitarse con su sabor y su textura.

-Me temo que insisto en declinar su amable ofrecimiento.

La princesa, claramente ofendida, respondió airada.

-Decís que venís a renovar un tratado de paz, pero comenzáis por ofender a la hija del rey.

-Permitidme que sea sincero bella princesa. De todos es conocida la belleza y desenvoltura de la hija del rey Magdaleno, de la que doy fe, pero también es renombrada su poca mano con la repostería, de la que no quiero dar fe. Fijaos, multitud de pedazos están esparcidos por todo el suelo y ni siquiera los perros se los comen. Con vuestro permiso, princesa, entraré en el castillo para pedir audiencia con vuestro padre.

Princesa, prefiero el exilio a hincarle el  diente a vuestra repostería


La cara de la princesa estaba roja de ira, a punto de estallar. Sin mediar palabra, cogió unas magdalenas del canasto y se las arrojó al caballero con toda su furia. Una de ellas le alcanzó en su cabeza y tras tambalearse unos instantes, cayó desplomado al suelo rodando colina abajo.


La princesa se asustó, si una magdalena había sido suficiente para tumbar a un caballero tan fornido, quizás tendría razón y no estarían tan tiernas como ella pensaba. 
 
Se remangó las vestiduras y bajó precipitada al encuentro del caballero inconsciente. Un beso húmedo sobre su frente y palabras de amor fueron suficiente para que el príncipe despertara de su letargo, y viendo aquella cara angelical que sostenía su cabeza sobre su regazo, quedara locamente prendado de la princesa.


Aquel año, el tratado de paz se selló a lo grande. Los príncipes contrajeron nupcias, vivieron décadas felices y comieron… sólo lo que cocinaba la asistenta.


Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
 
Pero si quieres leer otro cuento de princesas, no te puedes perder el que te dejo enlazado.
 
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