Historias de la p...mili

 




Historias de la p…mili es una película española basada en los dibujos del mismo nombre que publicaba la revista satírica “el jueves”. Recuerdo haber ido a verla al cine poco después de cumplir con la patria. Éramos siete personas en toda la sala, tres parejas de novios y yo, que no engañé a nadie para que me acompañara. Aunque la película no es una obra maestra los allí presentes nos echamos unas risas, pero creo que fue debido a que todos estábamos un tanto sensibilizados con el tema porque los chicos tenían el pelo bastante rapado.

 

Pero no hemos venido hoy aquí para hablar de cine, sino de mi realidad cumpliendo con la patria cuyos inicios ya conocéis.

 

Después de la jura de bandera y unos días libres por Navidad tocaban las maniobras, cuatro días de simulacros de combate en medio de un campo de tiro. Bueno esa era la versión oficial porque cuando escuché al capitán echarle la bronca a un sargento porque se le había olvidado la botella de whisky, comprendí que había otros propósitos.

 

¡Que se le ha olvidado el whisky!, parecen sus primeras maniobras Jiménez, le voy a degradar a soldado.

 

El caso es que como eran cuatro días en medio del campo y ya sabéis lo escrupuloso que soy yo con el tema intestinal, me imaginé evacuando en unas letrinas mugrientas llenas de moscas. Eso no podía ser y había que buscarle remedio.

 

Por entonces mi hermana ya estaba trabajando en un hospital como médico de aparato digestivo y me comentó que, en las colonoscopias, para que el conducto estuviera bien despejado de obstáculos, a los pacientes les hacían tomar la solución evacuante Bohm durante los 10 días previos. Y esa fue mi “solución”, hacer hueco para almacenar lo de cuatro días. El mencionado tratamiento consistía en unos sobres que había que diluir en mucha agua y beberse a diario. Aquello tenía un sabor que provocaba ganas de vomitar, ¡se supone que no tenía que salir por ahí! Era como beber agua de mar. A base mucho sacrificio, más azúcar y visualizando el objetivo, conseguí llegar a la sexta dosis y decidí que ya era suficiente.

 

Tengo que encontrar una solución… ¡eureka, la solución evacuante!

 

El caso es que como en ocasiones anteriores, la visión apocalíptica inspirada en la mili de mi padre no se cumplió ni de lejos. Las instalaciones eran de lo más nuevas e higienizadas cada día por una empresa dedicada a ello. ¡Me pierde mi imaginación!


Cuando llegamos al campo de tiro nos encontramos con unas tiendas de campaña ya montadas. Eran enormes, decían que con capacidad para 200 soldados, pero a mí me pareció que entrábamos un poco justos. Era enero, en medio de la meseta castellana con unas heladas nocturnas de aúpa, así que a alguna mente pensante entre nuestros oficiales se le ocurrió pedir que nos instalaran unos cañones de aire caliente en cada extremo. Eran unas máquinas infernales que quemaban gasoil y producían aire caliente, pero que no quemaban muy bien y además de calor y ruido, expulsaban mucho humo que casi nos intoxica a todos. Entre congelación o asfixia nos quedamos con lo primero y optamos por apagarlas.

 

Con el frío que hacía, poco a poco nos fuimos arrimando unos a otros y donde en principio me pareció que no cabíamos todos entramos de sobra y además empezaron a aparecer huecos libres. La estampa era de lo más emotiva, todo un escuadrón de aguerridos soldados que parecía más dispuesto para hacer el amor que la guerra.

 

Este recluta metido en carnes seguro que desprende más calorcito…allí que me arrimo.

 

Nadie murió congelado esas noches. Además, como nos dijeron algunos listillos que era muy normal que te despertaran por sorpresa en medio de la noche y en menos de dos minutos había que estar pertrechado y en formación, pues la mayoría decidimos que mejor dormíamos con el equipo puesto, botas incluidas, que también abrigaban lo suyo, y eso que el pijama que nos dio el ejército era muy calentito, ¡en más de una casa rural me ha hecho su servicio!

Durante el día nos dedicábamos a corretear por el campo “tomando” posiciones enemigas. Si no lo has probado, no te imaginas lo cansado que resulta correr colina arriba con el fusil y el casco. Menos mal que cada pocos segundos sonaba el silbato del sargento que significaba “cuerpo a tierra”, que era cuando recuperaba el aliento. También intentaba no ser el más rápido, el premio en estos casos es ser el primero en encontrarse con el enemigo, como para correr.

 

Uno de los días tocó ir a probar nuestra puntería. Nos dieron cinco balas, sí sólo esas. Si hubiéramos tenido que partir al frente en esos momentos tendríamos más experiencia con la carabina de la feria cazando peluches que con un fusil de verdad, pero el Ejército Español no estaba para muchos dispendios.

 

Tenéis cinco balas, apuntad bien y no las malgastéis, que os tienen que durar toda la guerra.

 

Nos pusieron a todos en fila delante de unas dianas y nos dieron instrucciones básicas como que apuntáramos siempre al frente y no al resto de reclutas. Parece sencillo ¿verdad?, pues siempre había algún imbécil que se giraba a preguntar al oficial y enfilaba a todos los compañeros a su derecha o izquierda haciendo que algunos se tiraban al suelo espantados. Nunca vi tanta agilidad, ya veis que es solo cuestión de motivación.

 

El momento de los disparos recuerdo que lo disfruté a cámara lenta, eran solo cinco. La verdad sea dicha, un ejercicio que me resultó relajante, descargar toda la mala leche sobre una diana desestresa mogollón. Ahora casi hasta entiendo a los tarados que entran en un centro comercial se lían a tiros con todos los presentes.

 

Desde entonces me da la risa cuando algún jovencillo de la oficina me cuenta que el fin de semana estuvo con los amigos en un paint-ball, “te da un subidón que lo flipas”, si, si chavalín, a mí me lo vas a decir, a todo un veterano con cinco balas de Cetme en su haber, je, je.

 

Después de esos cuatro apasionantes días de “aventuras” ya sólo quedaba esperar a que nos dieran destino. Las opciones eran tan solo dos, o quedarse en el acuartelamiento de ese mismo campo de tiro de o acabar en la jefatura central, un palacio del siglo XVII en medio de la ciudad. Yo tenía la esperanza de que me enviaran al segundo, que era principalmente trabajo de oficina y de hecho era lo normal para los que teníamos estudios universitarios, pero todo dependía de la evaluación de los test que nos hicieron al entrar.

 

Entre esas pruebas, unos eran psicológicos, que no era cuestión de dejar armas a un desequilibrado, y otros de aptitudes, a ver qué destino te asignaban. No me acuerdo de nada excepto de unas pocas cuestiones que claramente estaban enfocadas a ver si valías para ser chofer de algún oficial, destino que no quería ni en pintura. Una de ellas preguntaba algo así como: “Vas conduciendo por la calle y observas un coche aparcado, pero con gente dentro, ¿qué harías? Y las opciones eran más o menos como sigue:


a) Reduces la velocidad y pasas con cuidado por si abren la puerta en ese momento.
b)  Continúas sin preocuparte, a fin de cuentas está aparcado.

 

Yo evidentemente respondí que la b), para dejar claro que era un peligro al volante, pero no sin cierto apuro porque me pareció demasiado descarado como para que me arrestaran por listillo. Al final tuve suerte y me asignaron trabajo de oficina, pero eso ya lo leerás en el siguiente episodio (no te lo pierdas).

De compras con humor

 


 

Los que ya me seguís, conocéis que los deportes que practico con asiduidad son natación, yoga y pilates. En el primero, desde luego que te cambias en la propia piscina y en los otros, siempre he hecho lo mismo, voy con ropa de calle y en el gimnasio me pongo camiseta, pantalón corto y calcetines antideslizantes.

 

Este otoño me apunté a yoguilates (me ahorro la explicación que sois gente espabilada), como estamos como ya conocemos, pensé que para mayor seguridad lo mejor es que pasara por casa y me cambiara allí para evitar los vestuarios lo máximo posible. Sin embargo, como llevaba años haciéndolo en el gimnasio o en la piscina, el pantalón de chándal que encontré por los cajones me pareció un tanto pasado de moda y no quería estropear mi glamour habitual, je, je.

 

Me fui a unos grandes almacenes y después de mirar un rato, escogí unos de mi talla del color que quería y me metí al probador. Me miré con ellos puestos frente al espejo y los encontré que me quedaban muy justos en la entrepierna y algo cortos, pero como hacía tiempo que no compraba algo similar y la moda es pasajera, pensé que eso era lo normal. A fin de cuentas, eran de mi talla.

Me lo tomaré con humor, pero… ¡cómo ha cambiado la moda en estos años!

 

Cuando fui a pagar, en un arrebato de lucidez pregunté a la dependienta:

—Oye, ¿se llevan ahora los pantalones de chándal cortos? Porque me quedan por encima de los tobillos.

—¿Se los ha probado?

—Si claro, vengo ahora mismo de hacerlo.

—Es que este modelo es de mujer. ¡Iba a preguntarle si se los envolvía para regalo!

—Glups ¿pues menos mal que se me ocurrió preguntar?

 

Pero no es esto lo único curioso que me ha ocurrido de compras. Una vez, me tocó hacer de modelo improvisado porque dos señoras muy dicharacheras, que querían hacer un regalo a su hijo y sobrino respectivamente, decidieron que yo era de su mismo tamaño. Como para una madre, su hijo es siempre el más guapo, aquello me llenó de orgullo. Eso sí, ni me dejaron opinar y acabaron comprándole un jersey la mar de feo, del estilo de esos navideños que solo te los pones para las fiestas donde pretendes hacerte el gracioso, vamos, al estilo de Colin Firth en Bridget Jones.

 


Disculpe, Ud. es tan gordo y bajito como mi hijo ¿le importaría probarse este jersey?

 

En otra ocasión hace años, recuerdo que estaba con mi novia y que ella había quedado con su hermana para comprarle unos pantalones a su marido como regalo de reyes. Entramos los tres en una tienda y mientras estábamos mirando llamaron al móvil de mi novia. Como había barullo salió a la calle a contestar, quedándonos su hermana y yo dentro del establecimiento. Al rato llega una dependienta y nos pregunta:

—¿Los puedo ayudar?

—Si gracias, estoy buscando unos pantalones para mi marido.

—Perfecto, pues en esta época vienen muy bien los de pana.

—No, esos no, que dice que le dan demasiado calor.

—Tenemos también estos otros de este perchero que se llevan mucho esta temporada.

—Puf…, ni hablar, esos colores no le gustan nada.

—Entonces, con tonos más clásicos están todos los de aquella estantería— nos respondió señalando detrás suyo.

—Ya, pero es que son muy “de señor” y luego se queja de que se echa años encima.

—¿Qué les parecen estos de aquí? —dijo la dependienta un poco cansada de tanto rechazo.

—Me temo que tampoco, los de pinzas no le sientan nada bien.

—¿Pero por qué no se los prueba y salimos de dudas? —respondió un poco alterada y acercándome los pantalones.

Yo ni me di por aludido y continué con las manos en los bolsillos.

—No, es que él no es mi marido.

—¡Ahhh!, pues menos mal— exclamó la chica aliviada—. Pensé que lo era.

Si sí, y pensarías también “menudo calzonazos con el que se ha casado la mujer, está claro quién lleva los pantalones en casa”. 

 

Tendrá muchas virtudes ocultas, pero lo que es capacidad de decisión…va a ser que no.

 

Para que luego digan que ir de compras no es divertido. Y tú, ¿no tienes ninguna anécdota graciosa yendo de compras? Seguro que ahora que llegan las rebajas alguna surge, anímate y nos las cuentas.

 
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